jueves, 27 de agosto de 2009

Motor

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Cielo

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Nobody home

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Pretty Woman

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Movilidad edificante

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El lugar

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Origami

Como hacer estrellas de papel (origami, cultura asiática)
1 Tomar una cinta de papel de entre 15 y 20 cm de largo y 0,5 y 1 cm de ancho y realizar un nudo en uno de sus extremos.
2 Aplanar el nudo formando un pentágono y doblar hacia adentro el extremo sobrante.
3 Comenzar a enroscar alrededor del pentágono la cinta sobrante, continuando su forma y haciendo coincidir todos los bordes.
4 Rotar el pentágono y volver a doblar la cinta sobre el borde.
5 Continuar con el mismo paso rotando el pentágono hasta que la cinta quede reducida a un pequeño trozo.
6 Doblar el sobrante por dentro de los dobleces del pentágono.
7 Sosteniendo la estrella entre los dedos, aplanar un lado del pentágono (no su vértice).
8 Realizar el mismo procedimiento con todos los lados, la estrella quedará “inflada”

Nota: Según la cultura asiática:
Si se escribe un deseo dentro de la cinta de papel antes de realizar la estrella éste se cumple.
Si se regalan, según la cantidad poseen un significado diferente.Ejemplos

Caridad

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Migraciones II

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Migraciones I

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Brillante sobre el mic

http://www.youtube.com/watch?v=CPvGt20JYxY

sábado, 22 de agosto de 2009

Ante el dolor de los neuróticos globales

Menos dinero, menos tiempo, menos consumo, ¿menos sesiones? La exposición de un caso testigo y los argumentos teóricos de los franceses Robert Lévy, Jacques Nassif, y los argentinos Luis Hornstein y Germán García, entre otros consultados, funcionan como disparador para ponerse a pensar en el valor y la vigencia del psicoanálisis en un contexto económico y social en el que las que mandan son la ansiedad y la incertidumbre.
Por: Guido Carelli Lynch

Menos dinero, menos tiempo, menos consumo, trabajo inestable. Ante los puntos cardinales que ordenan el caos de la Crisis Económica Mundial, ¿qué lugar queda para las terapias de largo aliento? ¿Cuánto se adaptaron a los neuróticos globales? Ya pasó (o nunca llegó) el tiempo de la imaginación al poder; ahora la incertidumbre gobierna, ya que ni los propios responsables de la salud mental a uno y otro lado del Atlántico parecen acordar sobre el alcance real de la crisis y su impacto en la subjetividad –vale decir– en los reales y potenciales pacientes. Historia de CarlosCarlos es argentino, detalle que explica parte de su cuadro clínico, pero no todo. Su empleo, en principio, no corre peligro pero, por debajo de él, el mundo se desmorona. Entonces, busca en el fondo del cajón la última tira de ansiolíticos que le queda. Sólo entonces se olvida de la obsesión de sus últimos días: la propuesta anacrónica que le hiciera su analista de aumentar sesiones, ante la que se quedó callado, y a la que considera pendiente de respuesta.Para el psicoanalista y escritor Germán García no puede relacionarse la crisis económica con la tan mentada, comentada, trillada y nunca comprobada crisis de la teoría psicoanalítica. En cambio –advierte– sí existe una manifiesta crisis financiera que modifica la economía real y el sistema impositivo. "Frente a la emergencia de la posible falta de recursos –de cualquier tipo– las respuestas son múltiples. El denominador común, como lo propuso Keynes, lector de Freud, es la incertidumbre relacionada con el dinero", afirma el creador de la histórica revista Literal.ObsesiónTriste vida para Carlos: noches interminables que cada vez se hacen más largas. Necesita dejar de estar acosado por un futuro incierto, ahora lo agobia el presente –no el hoy, el ayer ni el mañana. Por suerte, llegó el sábado, día de sesión para su tratamiento "atípico" –como lo considera–. El analista accedió a atenderlo en el único huequito de su agenda recargada. Carlos quiere sentirse mejor y, por eso, paga los 20 pesos que le subió su licenciado, que lo había escuchado decirle que la plata cada vez alcanza menos."Quisiera que empezáramos a vernos los miércoles además del sábado –retruca el lacaniano rama dura–. Sé que es un esfuerzo más, pero...", persuade. De vuelta a casa, durante el camino, se obsesiona con las cuentas pendientes, con la moratoria de AFIP pendiente de pago. "La catástrofe económica mundial ya dejó a más de 50 millones de nuevos desocupados en el mundo y a vos se te ocurre aumentarme la frecuencia de sesiones", debió haber respondido. Respuestas rápidasLos especialistas parecen estar de acuerdo en que los pacientes han perdido su paciencia para ser curados. "Hace ya bastante tiempo, por lo menos en Francia y en España, que la gente no viene a pedir un psicoanálisis como tal y tampoco está dispuesta a aceptar tres sesiones por semana. Hoy en día, la gente viene a preguntar algo acerca de su malestar, con formulaciones distintas de las que se planteaban en la época de Freud, o de las de hace veinte años", explica el francés Robert Lévy, cofundador de la Asociación de Análisis Freudiano y de la Fundación Europea para el psicoanálisis. Sin embargo, para él (asistente al reciente IV Congreso Internacional de Convergencia, que tuvo lugar en mayo en Buenos Aires), el cambio no significa que también se hayan modificado las estructuras de neurosis, psicosis y perversión. "Sólo ha cambiado la manera de formular la demanda de análisis", aclara.¿En qué medida la realidad y el porvenir de los habitantes del conurbano bonaerense –sólo por citar el caso de la provincia más poblada del país– son comparables con las cómodas angustias parisinas que los pacientes descargan en el consultorio de Lévy. Las angustias y ansiedades adquieren carácter específico, muchas veces incrementado, en los márgenes del mundo. ¿En qué medida la versatilidad y –como dice Hornstein– el "manejarse con estrategias y no con programas" de parte de los psicoanalistas locales son fundamentales para ofrecer desde el consultorio un espacio de contención o resistencia?"El dispositivo psicoanalítico no se restringe a la práctica clásica que es trillada en la manera de describirse pero no en el ejercicio de la clínica: cuando las condiciones lo requieren hay posibilidad de diván más de una vez por semana, determinada duración de las sesiones, analista silencioso, asociación libre, atención flotante, interpretación, construcción...", especifica Mariana Wikinski, psicoanalista del Equipo de Salud Mental del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). Resistencia ordinariaOtro psicoanalista francés, Jacques Nassif, discípulo de Lacan y ex presidente del Cartels Constituents de l'Analyse Freudianne, supone que la crisis –al menos por ahora, por lo menos en París y en Barcelona, donde trabaja– no golpeó la puerta de los consultorios psicoanalíticos. Cuando se refiere a que "la crisis económica tiene muy pocas repercusiones" –como señala– no niega la proliferación de nuevas pugnas por honorarios y las nuevas demandas de pacientes incididos por el entorno. Ambos reclamos, advierte Nassif, existen pero son dos cuestiones que se enmarcan dentro de la "resistencia ordinaria" de los pacientes y, como tales, son solucionables dentro del ámbito de la "transferencia". Si Freud postuló su pulsión de muerte al finalizar la Primera Guerra Mundial y Lacan su tesis sobre la agresividad durante la Segunda Guerra, como recuerda García, vale preguntarse qué tan descabellado es pensar que estamos ante la posibilidad –dada por el escenario de una crisis internacional como ésta– de encontrar terreno fértil para repensar los paradigmas que rigen al psicoanálisis, sin duda una oportunidad histórica.Crisis por divánEn tiempos de mestizajes étnicos, culturales y epistemólogicos queda poco margen, casi ningún recoveco, para mantener y defender los purismos militantes. La academia psicoanalítica incluye un abánico inconmensurable donde coexisten facciones integristas con otras refractarias. En el medio de las polémicas y las pujas teóricas, de las verdades parciales, quedan los pacientes y sus síntomas. Tal vez por eso es que Luis Hornstein, distinguido como Premio Konex de Psicoanálisis (1996–2006), advierte que la teoría psi debe aportar herramientas conceptuales que intenten responder a los requerimientos en salud mental. "Eso va en oposición a convertirnos en custodios de no se sabe qué inmaculada pureza del psicoanálisis", opina. En cambio, la también argentina y licenciada Graciela Cerrutti no se enfrasca en discusiones teóricas porque tiene que atender su tarea cotidiana como integrante del staff del servicio de psicopatología y salud mental del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Allí nota –sin disponer de cifras concretas– que ha aumentado notablemente, "en estrecha relación con la crisis económica", el número de consultas en el hospital infantil más importante de la Capital. Parte del fenómeno, explica, se debe a la cantidad de población de clase media que descartó por obligación y necesidad la medicina prepaga por la pública, saturada y gratuita. La convocatoria más alta que en otros momentos de la historia del servicio es resultado, para Cerrutti, de un contexto preocupante que explica con frases descriptivas. "La preocupación por la falta de recursos económicos, así como la falta de trabajo, genera en los adultos irritabilidad, desesperación, angustia, y a menudo depresión y violencia. Los adultos se sienten impotentes, fracasados, incapaces de proporcionar no sólo bienestar sino en muchos casos, las condiciones básicas para sostener a sus seres queridos, a sus hijos y a sus padres ancianos. Se originan así innumerables conflictos personales y de pareja, produciendo el quiebre del sostén que la estructura familiar debe garantizar a los niños. La caída del estado emocional de los adultos deja desamparados, sin contención, a los niños más pequeños". Avisa Cerruti: la crisis de hoy se paga en la próxima década.El flamante director de Salud Mental del gobierno de la Ciudad, Gregorio Alcaín, subraya el aumento logarítmico, en relación con el devenir de la crisis, de la cantidad de medicación indicada a pacientes comunes. "Mucha gente –dice– podría mantenerse con un poquito de psicoterapia pero pasó a utilizar medicación en serio, porque no se banca tanta presión", explica. Local y globalCarlos habría padecido –siendo estadounidense– la crisis de las hipotecas-basura que pusieron en jaque al sistema financiero mundial en vez de la ficción de convertibilidad que derivó en el corralito de 2001. La crónica de la vuelta al ansiolítico, en su historia personal, al que acude de manera periódica, le funciona como radar para detectar los períodos económicos de mayor inestabilidad en la historia reciente. ¿Qué extraño mecanismo de relojería rige la inestabilidad económica, ese salto, doble salto colectivo y personal al vacío que, a la distancia, luce tan anunciado? Para Lévy, otra vez, la respuesta radica en la esperanza del mundo globalizado, en ese "goce y apuro" sin preguntas. Ese, sin más, es el motor del suicidio colectivo que instauró la idea de que el tiempo es dinero y nada más. Pero Carlos no es estadounidense. Es un neurótico argentino, vale decir, un tipo flexible, acostumbrado a pegar cables con alambres si es necesario, a los coletazos de la crisis, pero no por eso inmune a ellas. "Las víctimas que se han ido cobrando las sucesivas crisis que atravesó nuestro país, (económicas, institucionales, políticas) sufren el efecto de un trauma acumulativo que no cesa, no ofrece escapatoria, no ofrece esperanzas. El sujeto queda expuesto a una especie de imprescriptibilidad subjetiva del sufrimiento", argumenta otra vez Wikinski. Aquello de que "lo que no mata hace más fuerte", que tantos gurúes repiten hasta el hartazgo en libros y grupos de autoayuda hasta manipular su significado, hasta vaciarlo, ¿por qué no funciona con la crisis? ¿Por qué entonces el sentir nacional no es a esta altura de la historia local prácticamente indestructible? "Se trata de experiencias que nos constituyen, pero su apropiación implica un esfuerzo subjetivo descomunal que no todos han podido realizar, de modo que en demasiadas ocasiones establecen el escenario de un arrasamiento subjetivo", termina Wikinski. Para algunos, en cambio, todavía hoy "crisis" representa oportunidad. "Los momentos de crisis producen cambios en el psiquismo de la población y esos cambios se traducen en alteraciones de comportamiento, desestructuraciones de la personalidad a las que el psicoanálisis debe dar una respuesta. La crisis económica no tiene una incidencia directa en la crisis del psicoanálisis y viceversa, sin embargo, ambas crisis son la consecuencia de cambios en los valores de la sociedad actual", opina María Adela Laserna, doctora en psicoanálisis argentina radicada en Francia.Si la situación en los consultorios privados ya es compleja (por las series de nuevas negociaciones que hay que entablar) no cuesta imaginar los coletazos más fuertes que las penurias económicas provocan en el sistema de salud público y, sobre todo, en el interior del país. María Silvia Lazzaro, presidenta de la fundación psicoanalítica Trieb, de Tucumán, una de las provincias históricamente más postergadas de la Argentina, sub-raya el aumento de los pedidos de asistencia y los ingresos de nuevos y viejos desocupados y dependientes de las migajas asistencialistas. "Si tratamos de pensar cuál es la posición subjetiva en la exclusión y no cedemos ante las tentaciones de explicaciones y justificaciones, entonces estamos ante un desafío ante el que no debemos retroceder", analiza con optimismo.QuímicaPor momentos, Carlos vacila, y es justo al despertarse de su siesta de clonazepam. ¿Tiene sentido dar continuidad a sus citas en el consultorio psicoanalítico luego de sentir el sosiego efímero al que lo somete su dosis autoadministrada? ¿Seguir invirtiendo en una terapia larga, costosa, ajena a las causas y efectos determinados? Una mujer –llamémosle Ana, de su misma edad, 52 años– tomaba medicamentos prescriptos por varios especialistas, a un costo anual de 6.400 pesos. Cuatro de los fármacos que tomaba eran para problemas psiquiátricos: clonazepam para la ansiedad, escitalopram para la depresión, oxacarbazepina para la ciclotimia (o bipolaridad) y amitriptilina para la depresión y el insomnio. Los fuertes mareos provocaron una primera caída, rotura de cadera, y más tarde terminaron en la muerte. "Lo más probable es que la mujer necesitara menos medicación y más atención médica", explica Marcelo Peratta, presidente del colegio de Farmacéuticos y bioquímicos de la Ciudad de Buenos Aires, quien recuerda el caso. "La industria farmacéutica descubrió, hace décadas, que vender medicación para enfermos es un pobre negocio al lado de la posibilidad de medicar a los sanos", acusa Germán García.ParadojaLa crisis, para Peratta, colabora con el incremento de la sobremedicación. En esos –estos– tiempos, dice, se suelen tomar más medicamentos. Sin embargo, su análisis no coincide con las conclusiones de un estudio del Ministerio de Salud de la Nación de 2005 que midió el consumo de ansiolíticos en la Argentina durante la crisis de 2001 y 2002. Paradójica o lógicamente, según el estudio de Sonia Terragona y Silvia Marchioni, el consumo de sedantes y ansiolíticos disminuyó al nivel de productos de cualquier otra industria y se volvió a disparar con el crecimiento que experimentó la economía nacional entre 2003 y 2005. Son 7 millones de argentinos los que toman psicofármacos y 20 millones las recetas que se hacen por año, según los cálculos del Colegio de Farmacéuticos. Pero en realidad no estamos todos enfermos. ¿Nos hemos convertido en una sociedad medicamentalizada? "Los médicos han sido muy bien instruidos por los productores de fármacos y han aprendido a usar excesivamente bien sus recetarios. Como no quieren recibir demandas de mala praxis por el fracaso de tratamientos, usan aún más el recetario para asegurar el éxito terapéutico", dice Marcelo Peratta. "¿La culpa es de las crisis, como habitualmente se cree?", se pregunta la periodista Valeria Shapira, autora de La Argentina ansiolítica (Sudamericana). ¿Cómo responde la discusión teórica a las demandas de la crisis global más profunda de la economía desde 1945? "El psicoanálisis es el único que puede hacer la distinción entre el trauma que supone la consecuencia de la crisis económica, y el trauma que es siempre un efecto del après coup. En consecuencia, el psicoanalista es el único capaz de evaluar la cuestión traumática y sus ansiedades en sus complejas construcciones", sentencia Robert Lévy. Germán García da muestra de su lucidez habitual para las definiciones rápidas: "Es fundamental evitar lo que se sabe para justificar lo que pasa", añade a la hora de intentar aprehender lo incomprensible. Y complejiza la tarea de tratar de entender a nuestro Carlos –nunca producto de únicamente una crisis exógena– sino de un conjunto de causas y circunstancias nunca determinadas per se. "Los celos, los problemas eróticos, la angustia, la culpabilidad, la envidia, el deseo de muerte hacia otras personas no es un problema de sectores ni de economía", apunta. Todos unidosEl contexto golpea adentro y afuera de los barrios privados, arriba y abajo de los indicadores socioeconómicos, a todos y a cada uno. "No existe desgarramiento del tejido social que no produzca simultáneamente algún modo de desgarramiento del tejido subjetivo, y ningún hombre puede salir indemne de la encerrona en la que se encuentra cuando debe optar de modo excluyente entre su supervivencia o su dignidad, como tan conmovedoramente nos ayudó a comprender Silvia Bleichmar", recuerda Mariana Wikinski. La esperanza, refugio del cinismo y de los avatares político-económicos, puede leerse en clave psicoanalítica y también provoca cambios y vence la parálisis colectiva. En la opinión de Luis Hornstein: "Reivindico –dice el psicoanalista– un utopismo crítico que elabore proyectos y se oponga tanto al voluntarismo sin fundamentos teóricos como a cierto fatalismo impregnado por consignas que condujo a muchos analistas a idealizar el desencanto por identificar lucidez con pesimismo". Esperanza, tan cíclica e infinita, igual de perenne y transitoria, que las crisis sucesivas que nos afectan. Hornstein se pronuncia: "Apostar al utopismo crítico no es sólo una irresponsable, fogosa e inconducente actitud juvenil, sino la única manera de refundar la esperanza".

miércoles, 19 de agosto de 2009

miércoles, 12 de agosto de 2009

domingo, 9 de agosto de 2009

jueves, 6 de agosto de 2009

bitácora


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El centro comercial

BEATRIZ SARLO
El Centro comercial

En muchas ciudades no existe un “centro”. Quiero decir: un lugar geográfico preciso, marcado por monumentos, cruces de ciertas calles y ciertas avenidas, teatros, cines, restaurantes, confiterías, peatonales, carteles luminosos destellando en el líquido, también luminoso y metálico, que baña los edificios. Se podía discutir si el “centro” verdaderamente terminaba en tal calle o un poco más allá, pero nadie discutía la existencia misma de un solo centro: imágenes, ruidos, horarios diferentes. Se iba al “centro” desde los barrios como una actividad especial, de día feriado, como salida nocturna, como expedición de compras, o, simplemente, para ver y estar en el centro. Hoy, Los Ángeles (esa inmensa ciudad sin centro) no es tan incomprensible como lo fue en los años sesenta. Muchas ciudades latinoamericanas, Buenos Aires entre ellas, han entrado en un proceso de “angelinización”.
La gente hoy pertenece más a los barrios urbanos (y a los “barrios audiovisuales”) que en los años veinte, cuando la salida al “centro” prometía un horizonte de deseos y peligros, una exploración de un territorio siempre distinto. De los barrios de clase media ahora no se sale al centro. Las distancias se han acortado no sólo porque la ciudad ha dejado de crecer, sino porque la gente ya no se mueve por la ciudad, de una punta a la otra. Los barrios ricos han configurado sus propios centros, más limpios, más ordenados, mejor vigilados, con más luz mayores ofertas materiales y simbólicas.
Ir al centro no es lo mismo que ir al shopping-center, aunque el significante “centro” se repita en las dos expresiones. En primer lugar, por el paisaje: el shopping-center, no importa cuál sea su tipología arquitectónica, es un simulacro de ciudad de servicios en miniatura, donde todos los extremos de lo urbano han sido liquidados: la intemperie, que los pasajes y las arcadas del siglo XIX sólo interrumpían sin anular; los ruidos, que no respondían a una programación unificada; el claroscuro, que es producto de la colisión de luces diferentes, opuestas, que disputan, se refuerzan o, simplemente, se ignoran unas a otras; la gran escala producida por los edificios de varios pisos, las dobles y triples elevaciones de los cines y teatros, las superficies vidriadas tres, cuatro, cinco veces más grandes que el más amplio de los negocios; los monumentos conocidos, que por su permanencia, su belleza o su fealdad, eran los signos más poderosos del texto urbano; la proliferación de escritos de dimensiones gigantescas, arriba de los edificios, recorriendo decenas de metros en sus fachadas, sobre las marquesinas, en grandes letras pegadas sobre los vidrios de decenas de puertas vaivén, en chapas relucientes, escudos, carteles pintados sobre el dintel de portales, pancartas, afiches, letreros espontáneos, anuncios impresos, señalizaciones de tránsito. Estos rasgos, producidos a veces por el azar y otras por el diseño, son (o fueron) la marca de una identidad urbana.
Hoy, el shopping opone a este paisaje del “centro” su propuesta de cápsula espacial acondicionada por la estética del mercado. En un punto, todos los shopping-centers son iguales: en Minneapolis, en Miami Beach, en Chevy Chase, en New Port, en Rodeo Drive, en Santa Fe y Coronel Díaz, ciudad de Buenos Aires. Si uno descendiera de Júpiter, sólo el papel moneda y la lengua de vendedores, compradores y mirones, le permitirían saber dónde está. La constancia de las marcas internacionales y de las mercancías se suman a la uniformidad de un espacio sin cualidades: un vuelo interplanetario a Cacharel, Stephanel, Fiorucci, Kenzo, Guess y McDonald's, en una nave fletada bajo la insignia de los colores unidos de las etiquetas del mundo.
La cápsula espacial puede ser un paraíso o una pesadilla. El aire se limpia en el reciclaje de los acondicionadores; la temperatura es benigna; las luces son funcionales y no entran en el conflicto del claroscuro, que siempre puede resultar amenazador; otras amenazas son neutralizadas por los circuitos cerrados, que hacen fluir la información hacia el panóptico ocupado por el personal de vigilancia. Como en una nave espacial, es posible realizar todas las actividades reproductivas de la vida: se come, se bebe, se descansa, se consumen símbolos y mercancías según instrucciones no escritas pero absolutamente claras. Como en una nave espacial, se pierde con facilidad el sentido de la orientación: lo que se ve desde un punto es tan parecido a lo que se ve desde el opuesto que sólo los expertos, muy conocedores de los pequeños detalles, o quienes se mueven con un mapa, son capaces de decir dónde están en cada momento. De todas formas, eso, saber dónde se está en cada momento, carece de importancia: el shopping no se recorre de una punta a la otra, como si fuera una calle o una galería; el shopping tiene que caminarse con la decisión de aceptar, aunque no siempre, aunque no del todo, las trampas del azar. Los que no aceptan estas trampas alteran la ley espacial del shopping, en cuyo tablero los avances, los retrocesos y las repeticiones no buscadas son una estrategia de venta.
El shopping, si es un buen shopping, responde a un ordenamiento total pero, al mismo tiempo, debe dar una idea de libre recorrido: se trata de la ordenada deriva del mercado. Quienes usan el shopping para entrar, llegar a un punto, comprar y salir inmediatamente, contradicen las funciones de su espacio, que tiene mucho de cinta de Moebius: se pasa de una superficie a otra, de un plano a otro, sin darse cuenta de que se está atravesando un límite. Es difícil perderse en un shopping precisamente por esto: no está hecho para encontrar un punto y, en consecuencia, en su espacio sin jerarquías también es difícil saber si uno está perdido. El shopping no es un laberinto del que sea preciso buscar una salida; por el contrario, sólo una comparación superficial acerca el shopping al laberinto. El shopping es una cápsula donde, si es posible no encontrar lo que se busca, es completamente imposible perderse. Sólo los niños muy pequeños pueden perderse en un shopping, porque un accidente puede separarlos de otras personas y esa ausencia no se equilibra con el encuentro de mercancías.
Como una nave espacial, el shopping tiene una relación indiferente con la ciudad que lo rodea: esa ciudad siempre es el espacio exterior, bajo la forma de autopista con villa miseria al lado, gran avenida, barrio suburbano o peatonal. A nadie, cuando está dentro del shopping, debe interesarle si la vidriera del negocio donde vio lo que buscaba es paralela o perpendicular a una calle exterior; a lo sumo, lo que no debe olvidar es en qué naveta está guardada la mercancía que desea. En el shopping no sólo se anula el sentido de orientación interna sino que desaparece por completo la geografía urbana. A diferencia de las cápsulas espaciales, los shoppings cierran sus muros a las perspectivas exteriores. Como en los casinos de Las Vegas (y los shoppings aprendieron mucho de Las Vegas), el día y la noche no se diferencian: el tiempo no pasa, o el tiempo que pasa es también un tiempo sin cualidades.
La ciudad no existe para el shopping, que ha sido construido para remplazar a la ciudad. Por eso, el shopping olvida lo que lo rodea: no sólo cierra su recinto a las vistas de afuera sino que irrumpe, como caído del cielo, en una manzana de la ciudad a la que ignora; o es depositado en medio de un baldío, al lado de una autopista, donde no hay pasado urbano. Cuando el shopping ocupa un espacio marcado por la historia (reciclaje de mercados, docks, barracas portuarias, incluso reciclaje en segunda potencia: galerías comerciales que pasan a ser shoppings-galería), lo usa como decoración y no como arquitectura. Casi siempre, incluso en el caso de shoppings “conservacionistas” de arquitectura pasada, el shopping se incrusta en un vacío de memoria urbana, porque representa las nuevas costumbres y no tiene que rendir tributo a las tradiciones: allí donde el mercado se despliega, el viento de lo nuevo hace sentir su fuerza.
El shopping es todo futuro: construye nuevos hábitos, se convierte en punto de referencia, acomoda la ciudad a su presencia, acostumbra a la gente a funcionar en él. En el shopping puede descubrirse un “proyecto premonitorio del futuro”: shoppings cada vez más extensos que, como un barco factoría, no sea necesario abandonar nunca (así son ya algunos hoteles-shopping-spa-centro cultural en Los Ángeles y, por supuesto, en Las Vegas). Aldeas-shoppings, museos-shoppings, bibliotecas y escuelas-shoppings, hospitales-shoppings.
Se nos informa que la ciudadanía se constituye en el mercado y, en consecuencia, los shoppings pueden ser vistos como los monumentos de un nuevo civismo: ágora, templo y mercado, como en los foros de la vieja Italia romana. En los foros había oradores y escuchas, políticos y plebe sobre la que se maniobraba; en los shoppings también los ciudadanos desempeñan papeles diferentes: algunos compran, otros simplemente miran y admiran. En los shoppings no podrá descubrirse, como en las galerías del siglo XIX, una arqueología del capitalismo sino su realización más plena.
Frente a la ciudad real, construida en el tiempo, el shopping ofrece su modelo de ciudad de servicios miniaturizada, que se independiza soberanamente de las tradiciones y de su entorno. De una ciudad en miniatura el shopping tiene un aire irreal, porque ha sido construido demasiado rápido, no ha conocido vacilaciones, marchas y contramarchas, correcciones, destrucciones, influencias de proyectos más amplios. La historia está ausente, y cuando hay algo de historia no se plantea el conflicto apasionante entre la resistencia del pasado y el impulso del presente. La historia es usada para roles serviles y se convierte en una decoración banal: preservacionismo fetichista de algunos muros como cáscaras. Por esto, el shopping sintoniza perfectamente con la pasión por el decorado de la arquitectura llamada posmoderna. En el shopping de intención preservacionista la historia es paradojalmente tratada como souvenir y no como soporte material de una identidad y temporalidad que siempre le plantean al presente su conflicto.
Evacuada la historia como “detalle”, el shopping sufre una amnesia necesaria a la buena marcha de sus negocios, porque si las huellas de la historia fueran demasiado evidentes y superaran la función decorativa, el shopping viviría un conflicto de funciones y sentidos: para el shopping, la única máquina semiótica es la de su propio proyecto. En cambio, la historia despilfarra sentidos que al shopping no le interesa conservar, porque en su espacio, además, los sentidos valen menos que los significantes.
El shopping es un artefacto perfectamente adecuado a la hipótesis del nomadismo contemporáneo: cualquiera que haya usado alguna vez un shopping puede usar otro, en una ciudad diferente y extraña de la que ni siquiera conozca la lengua o las costumbres. Las masas temporariamente nómadas que se mueven según los flujos del turismo, encuentran en el shopping la dulzura del hogar donde se borran los contratiempos de la diferencia y del malentendido. Después de una travesía por ciudades desconocidas, el shopping es un oasis donde todo marcha exactamente como en casa; del exotismo que deleita al turista hasta agotarlo, se puede encontrar reposo en la familiaridad de espacios que siguen conservando algún atractivo, dado que se sabe que están en el “extranjero”, pero que, al mismo tiempo, son idénticos en todas partes. Sin shoppings y sin Clubs Mediterranée el turismo de masas sería impensable: ambos proporcionan la seguridad que sólo se siente en la casa propia, sin perder del todo la emoción producida por el hecho de que se la ha dejado atrás. Cuando el espacio extranjero, a fuerza de incomunicación, amenaza como un desierto, el shopping ofrece el paliativo de su familiaridad.
Pero no es esta la única ni la más importante contribución del shopping al nomadismo. Por el contrario, la máquina perfecta del shopping, con su lógica aproximativa, es, en sí misma, un tablero para la deriva desterritorializada. Los puntos de referencia son universales: logotipos, siglas, letras, etiquetas, no requieren que sus intérpretes estén afincados en ninguna cultura previa o distinta de la del mercado. Así, el shopping produce una cultura extraterritorial de la que nadie puede sentirse excluido: incluso los que menos consumen se manejan perfectamente en el shopping e inventan algunos usos no previstos, que la máquina tolera en la medida en que no dilapiden las energías que el shopping administra. He visto, en los barrios ricos de la ciudad, señoras de los suburbios, sentadas en los bordes de los maceteros, muy cerca de las mesas repletas de un patio de comidas, alimentando a sus bebés, mientras otros chicos corrían entre los mostradores con una botella plástica de dos litros de Coca-Cola; he visto cómo sacaban sandwiches caseros de las bolsas de plástico con marcas internacionales, que seguramente fueron sucesivamente recicladas desde el momento en que salieron de las tiendas, cumpliendo las leyes de un primer uso “legítimo”. Estos visitantes, que la máquina del shopping no contempla pero a quienes tampoco expulsa activamente, son extraterritoriales, y sin embargo la misma extraterritorialidad del shopping los admite en una paradoja curiosa de libertad plebeya. Fiel a la universalidad del mercado, el shopping en principio no excluye.
Su extraterritorialidad tiene ventajas para los más pobres: ellos carecen de una ciudad limpia, segura, con buenos servicios, transitable a todas horas; viven en suburbios de donde el Estado se ha retirado y la pobreza impide que el mercado tome su lugar; soportan la crisis de las sociedades vecinales, el deterioro de las solidaridades comunitarias y el anecdotario cotidiano de la violencia. El shopping es exactamente una realización hiperbólica y condensada de cualidades opuestas y, además, como espacio extraterritorial no exige visados especiales. En la otra punta del arco social, la extraterritorialidad del shopping podría afectar lo que los sectores medios y altos consideran sus derechos; sin embargo, el uso según días y franjas horarias impide la colisión de estas dos pretensiones diferentes. Los pobres van los fines de semana, cuando los menos pobres y los más ricos prefieren estar en otra parte. El mismo espacio cambia con las horas y los días, mostrando esa cualidad transocial que, según algunos, marcaría a fuego el viraje de la posmodernidad.
La extraterritorialidad del shopping fascina también a los muy jóvenes, precisamente por la posibilidad de deriva en el mundo de los significantes mercantiles. Para el fetichismo de las marcas se despliega en el shopping una escenografía riquísima donde, por lo menos en teoría, no puede faltar nada; por el contrario, se necesita un exceso que sorprenda incluso a los entendidos más eruditos. La escenografía ofrece su cara Disneyworld: como en Disneyworld, no falta ningún personaje y cada personaje muestra los atributos de su fama. El shopping es una exposición de todos los objetos soñados.
Ese espacio sin referencias urbanas está repleto de referencias neoculturales, donde los que no saben pueden aprender un know-how que se adquiere en el estar ahí. El mercado, potenciando la libertad de elección (aunque sólo sea de toma de partido imaginaria), educa en saberes que son, por un lado, funcionales a su dinámica, y, por el otro, adecuados a un deseo joven de libertad antiinstitucional. Sobre el shopping nadie sabe más que los adolescentes, que pueden ejercitar un sentimentalismo antisentimental en el entusiasmo por la exhibición y la libertad de tránsito que se apoya en un desorden controlado. Las marcas y etiquetas que forman el paisaje del shopping reemplazan al elenco de viejos símbolos públicos o religiosos que han entrado en su ocaso. Además, para chicos afiebrados por el high-tech de las computadoras, el shopping ofrece un espacio que parece high-tech aunque, en las versiones de ciudades periféricas, ello sea un efecto estético antes que una cualidad real de funcionamiento. El shopping, por lo demás, combina la plenitud iconográfica de todas las etiquetas con las marcas “artesanales” de algunos productos folk-ecológico-naturistas, completando así la suma de estilos que definen una estética adolescente. Kitsch industrial y compact disc.
La velocidad con que el shopping se impuso en la cultura urbana no recuerda la de ningún otro cambio de costumbres, ni siquiera en este siglo que está marcado por la transitoriedad de la mercancía y la inestabilidad de los valores. Se dirá que el cambio no es fundamental ni puede compararse con otros. Creo sin embargo que sintetiza rasgos básicos de lo que vendrá o, mejor dicho, de lo que ya está aquí para quedarse: en ciudades que se fracturan y se desintegran, este refugio antiatómico es perfectamente adecuado al tono de una época. Donde las instituciones y la esfera pública ya no pueden construir hitos que se piensan eternos, se erige un monumento que está basado precisamente en la velocidad del flujo mercantil. El shopping presenta el espejo de una crisis del espacio público donde es difícil construir sentidos; y el espejo devuelve una imagen invertida en la que fluye día y noche un ordenado torrente de significantes.

domingo, 2 de agosto de 2009

Entrevista a Z. Bauman (Ñ)

ENTREVISTA CON SYGMUNT BAUMAN
Un mundo nuevo y cruel
El sociólogo que sacudió a las ciencias sociales con su concepto de "modernidad líquida" advierte, en una entrevista exclusiva, que hay un temible divorcio entre poder y política, socios hasta hoy inseparables en el estado-nación. En todo el mundo, dice, la población se divide en barrios cerrados, villas miseria y quienes luchan por ingresar o no caer en uno de esos guetos. Aún no llegamos al punto de no retorno, dice con un toque de optimismo.
Por: Héctor Pavón

'ZYGMUNT BAUMAN: "La \'vuelta a la normalidad\' anuncia una vuelta a las vías malas y siempre peligrosas. De todo modos todavía no llegamos al punto en que no hay vuelta atrás", dice el sociólogo.

How to spend it.... Cómo gastarlo. Ese es el nombre de un suplemento del diario británico Financial Times. Ricos y poderosos lo leen para saber qué hacer con el dinero que les sobra. Constituyen una pequeña parte de un mundo distanciado por una frontera infranqueable. En ese suplemento alguien escribió que en un mundo en el que "cualquiera" se puede permitir un auto de lujo, aquellos que apuntan realmente alto "no tienen otra opción que ir a por uno mejor..." Esta cosmovisión le sirvió a Zygmunt Bauman para teorizar sobre cuestiones imprescindibles y así intentar comprender esta era. La idea de felicidad, el mundo que está resurgiendo después de la crisis, seguridad versus libertad, son algunas de sus preocupaciones actuales y que explica en sus recientes libros: Múltiples culturas, una sola humanidad (Katz editores) y El arte de la vida (Paidós). "No es posible ser realmente libre si no se tiene seguridad, y la verdadera seguridad implica a su vez la libertad", sostiene desde Inglaterra por escrito. Bauman nació en Polonia pero se fue expulsado por el antisemitismo en los 50 y recaló en los 60 en Gran Bretaña. Hoy es profesor emérito de la Universidad de Leeds. Estudió las estratificaciones sociales y las relacionó con el desarrollo del movimiento obrero. Después analizó y criticó la modernidad y dio un diagnóstico pesimista de la sociedad. Ya en los 90 teorizó acerca de un modo diferente de enfocar el debate cuestionador sobre la modernidad. Ya no se trata de modernidad versus posmodernidad sino del pasaje de una modernidad "sólida" hacia otra "líquida". Al mismo tiempo y hasta el presente se ocupó de la convivencia de los "diferentes", los "residuos humanos" de la globalización: emigrantes, refugiados, parias, pobres todos. Sobre este mundo cruel y desigual versó este diálogo con Bauman. Uno de sus nuevos libros se llama Múltiples culturas, una sola humanidad . ¿Hay en este concepto una visión "optimista" del mundo de hoy? Ni optimista ni pesimista... Es sólo una evaluación sobria del desafío que enfrentamos en el umbral del siglo XXI. Ahora todos estamos interconectados y somos interdependientes. Lo que pasa en un lugar del globo tiene impacto en todos los demás, pero esa condición que compartimos se traduce y se reprocesa en miles de lenguas, de estilos culturales, de depósitos de memoria. No es probable que nuestra interdependencia redunde en una uniformidad cultural. Es por eso que el desafío que enfrentamos es que estamos todos, por así decirlo, en el mismo barco; tenemos un destino común y nuestra supervivencia depende de si cooperamos o luchamos entre nosotros. De todos modos, a veces diferimos mucho en algunos aspectos vitales. Tenemos que desarrollar, aprender y practicar el arte de vivir con diferencias, el arte de cooperar sin que los cooperadores pierdan su identidad, a beneficiarnos unos de otros no a pesar de, sino gracias a nuestras diferencias. Es paradójico, pero mientras se exalta el libre tránsito de mercancías, se fortalecen y construyen fronteras y muros. ¿Cómo se sobrevive a esta tensión? Eso sólo parece ser una paradoja. En realidad, esa contradicción era algo esperable en un planeta donde las potencias que determinan nuestra vida, condiciones y perspectivas son globales, pueden ignorar las fronteras y las leyes del estado, mientras que la mayor parte de los instrumentos políticos sigue siendo local y de una completa inadecuación para las enormes tareas a abordar. Fortificar las viejas fronteras y trazar otras nuevas, tratar de separarnos a "nosotros" de "ellos", son reacciones naturales, si bien desesperadas, a esa discrepancia. Si esas reacciones son tan eficaces como vehementes es otra cuestión. Las soberanías locales territoriales van a seguir desgastándose en este mundo en rápida globalización. Hay escenas comunes en Ciudad de México, San Pablo, Buenos Aires: de un lado villas miseria; del otro, barrios cerrados. Pobres de un lado, ricos del otro. ¿Quiénes quedan en el medio? ¿Por qué se limita a las ciudades latinoamericanas? La misma tendencia prevalece en todos los continentes. Se trata de otro intento desesperado de separarse de la vida incierta, desigual, difícil y caótica de "afuera". Pero las vallas tienen dos lados. Dividen el espacio en un "adentro" y un "afuera", pero el "adentro" para la gente que vive de un lado del cerco es el "afuera" para los que están del otro lado. Cercarse en una "comunidad cerrada" no puede sino significar también excluir a todos los demás de los lugares dignos, agradables y seguros, y encerrarlos en sus barrios pobres. En las grandes ciudades, el espacio se divide en "comunidades cerradas" (guetos voluntarios) y "barrios miserables" (guetos involuntarios). El resto de la población lleva una incómoda existencia entre esos dos extremos, soñando con acceder a los guetos voluntarios y temiendo caer en los involuntarios. ¿Por qué se cree que el mundo de hoy padece una inseguridad sin precedentes? ¿En otras eras se vivía con mayor seguridad? Cada época y cada tipo de sociedad tiene sus propios problemas específicos y sus pesadillas, y crea sus propias estratagemas para manejar sus propios miedos y angustias. En nuestra época, la angustia aterradora y paralizante tiene sus raíces en la fluidez, la fragilidad y la inevitable incertidumbre de la posición y las perspectivas sociales. Por un lado, se proclama el libre acceso a todas las opciones imaginables (de ahí las depresiones y la autocondena: debo tener algún problema si no consigo lo que otros lograron ); por otro lado, todo lo que ya se ganó y se obtuvo es nuestro "hasta nuevo aviso" y podría retirársenos y negársenos en cualquier momento. La angustia resultante permanecería con nosotros mientras la "liquidez" siga siendo la característica de la sociedad. Nuestros abuelos lucharon con valentía por la libertad. Nosotros parecemos cada vez más preocupados por nuestra seguridad personal... Todo indica que estamos dispuestos a entregar parte de la libertad que tanto costó a cambio de mayor seguridad. Esto nos llevaría a otra paradoja. ¿Cómo maneja la sociedad moderna la falta de seguridad que ella misma produce? Por medio de todo tipo de estratagemas, en su mayor parte a través de sustitutos. Uno de los más habituales es el desplazamiento/trasplante del terror a la globalización inaccesible, caótica, descontrolada e impredecible a sus productos: inmigrantes, refugiados, personas que piden asilo. Otro instrumento es el que proporcionan las llamadas "comunidades cerradas" fortificadas contra extraños, merodeadores y mendigos, si bien son incapaces de detener o desviar las fuerzas que son responsables del debilitamiento de nuestra autoestima y actitud social, que amenazan con destruir. En líneas más generales: las estratagemas más extendidas se reducen a la sustitución de preocupaciones sobre la seguridad del cuerpo y la propiedad por preocupaciones sobre la seguridad individual y colectiva sustentada o negada en términos sociales. ¿Hay futuro? ¿Se puede pensarlo? ¿Existe en el imaginario de los jóvenes? El filósofo británico John Gray destacó que "los gobiernos de los estados soberanos no saben de antemano cómo van a reaccionar los mercados (...) Los gobiernos nacionales en la década de 1990 vuelan a ciegas." Gray no estima que el futuro suponga una situación muy diferente. Al igual que en el pasado, podemos esperar "una sucesión de contingencias, catástrofes y pasos ocasionales por la paz y la civilización", todos ellos, permítame agregar, inesperados, imprevisibles y por lo general con víctimas y beneficiarios sin conciencia ni preparación. Hay muchos indicios de que, a diferencia de sus padres y abuelos, los jóvenes tienden a abandonar la concepción "cíclica" y "lineal" del tiempo y a volver a un modelo "puntillista": el tiempo se pulveriza en una serie desordenada de "momentos", cada uno de los cuales se vive solo, tiene un valor que puede desvanecerse con la llegada del momento siguiente y tiene poca relación con el pasado y con el futuro. Como la fluidez endémica de las condiciones tiene la mala costumbre de cambiar sin previo aviso, la atención tiende a concentrarse en aprovechar al máximo el momento actual en lugar de preocuparse por sus posibles consecuencias a largo plazo. Cada punto del tiempo, por más efímero que sea, puede resultar otro "big bang", pero no hay forma de saber qué punto con anticipación, de modo que, por las dudas, hay que explorar cada uno a fondo. Es una época en la que los miedos tienen un papel destacado. ¿Cuáles son los principales temores que trae este presente? Creo que las características más destacadas de los miedos contemporáneos son su naturaleza diseminada, la subdefinición y la subdeterminación, características que tienden a aparecer en los períodos de lo que puede llamarse un "interregno". Antonio Gramsci escribió en Cuadernos de la cárcel lo siguiente: "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos". Gramsci dio al término "interregno" un significado que abarcó un espectro más amplio del orden social, político y legal, al tiempo que profundizaba en la situación sociocultural; o más bien, tomando la memorable definición de Lenin de la "situación revolucionaria" como la situación en la que los gobernantes ya no pueden gobernar mientras que los gobernados ya no quieren ser gobernados, separó la idea de "interregno" de su habitual asociación con el interludio de la trasmisión (acostumbrada) del poder hereditario o elegido, y lo asoció a las situaciones extraordinarias en las que el marco legal existente del orden social pierde fuerza y ya no puede mantenerse, mientras que un marco nuevo, a la medida de las nuevas condiciones que hicieron inútil el marco anterior, está aún en una etapa de creación, no se lo terminó de estructurar o no tiene la fuerza suficiente para que se lo instale. Propongo reconocer la situación planetaria actual como un caso de interregno. De hecho, tal como postuló Gramsci, "lo viejo está muriendo". El viejo orden que hasta hace poco se basaba en un principio igualmente "trinitario" de territorio, estado y nación como clave de la distribución planetaria de soberanía, y en un poder que parecía vinculado para siempre a la política del estado-nación territorial como su único agente operativo, ahora está muriendo. La soberanía ya no está ligada a los elementos de las entidades y el principio trinitario; como máximo está vinculada a los mismos pero de forma laxa y en proporciones mucho más reducidas en dimensiones y contenidos. La presunta unión indisoluble de poder y política, por otro lado, está terminando con perspectivas de divorcio. La soberanía está sin ancla y en flotación libre. Los estados-nación se encuentran en situación de compartir la compañía conflictiva de aspirantes a, o presuntos sujetos soberanos siempre en pugna y competencia, con entidades que evaden con éxito la aplicación del hasta entonces principio trinitario obligatorio de asignación, y con demasiada frecuencia ignorando de manera explícita o socavando de forma furtiva sus objetos designados. Un número cada vez mayor de competidores por la soberanía ya excede, si no de forma individual sin duda de forma colectiva, el poder de un estado-nación medio (las compañías comerciales, industriales y financieras multinacionales ya constituyen, según Gray, "alrededor de la tercera parte de la producción mundial y los dos tercios del comercio mundial"). La "modernidad líquida", como un tiempo donde las relaciones sociales, económicas, discurren como un fluido que no puede conservar la forma adquirida en cada momento, ¿tiene fin? Es difícil contestar esa pregunta, no sólo porque el futuro es impredecible, sino debido al "interregno" que mencioné antes, un lapso en el que virtualmente todo puede pasar pero nada puede hacerse con plena seguridad y certeza de éxito. En nuestros tiempos, la gran pregunta no es "¿qué hace falta hacer?", sino "¿quién puede hacerlo?" En la actualidad hay una creciente separación, que se acerca de forma alarmante al divorcio, entre poder y política, los dos socios aparentemente inseparables que durante los dos últimos siglos residieron –o creyeron y exigieron residir– en el estado nación territorial. Esa separación ya derivó en el desajuste entre las instituciones del poder y las de la política. El poder desapareció del nivel del estado nación y se instaló en el "espacio de flujos" libre de política, dejando a la política oculta como antes en la morada que se compartía y que ahora descendió al "espacio de lugares". El creciente volumen de poder que importa ya se hizo global. La política, sin embargo, siguió siendo tan local como antes. Por lo tanto, los poderes más relevantes permanecen fuera del alcance de las instituciones políticas existentes, mientras que el marco de maniobra de la política interna sigue reduciéndose. La situación planetaria enfrenta ahora el desafío de asambleas ad hoc de poderes discordantes que el control político no limita debido a que las instituciones políticas existentes tienen cada vez menos poder. Estas se ven, por lo tanto, obligadas a limitar de forma drástica sus ambiciones y a "transferir" o "tercerizar" la creciente cantidad de funciones que tradicionalmente se confiaba a los gobiernos nacionales a organizaciones no políticas. La reducción de la esfera política se autoalimenta, así como la pérdida de relevancia de los sucesivos segmentos de la política nacional redunda en el desgaste del interés de los ciudadanos por la política institucionalizada y en la extendida tendencia a reemplazarla con una política de "flotación libre", notable por su carácter expeditivo, pero también por su cortoplacismo, reducción a un único tema, fragilidad y resistencia a la institucionalización. ¿Cree que esta crisis global que estamos padeciendo puede generar un nuevo mundo, o al menos un poco diferente? Hasta ahora, la reacción a la "crisis del crédito", si bien impresionante y hasta revolucionaria, es "más de lo mismo", con la vana esperanza de que las posibilidades vigorizadoras de ganancia y consumo de esa etapa no estén aún del todo agotadas: un esfuerzo por recapitalizar a quienes prestan dinero y por hacer que sus deudores vuelvan a ser confiables para el crédito, de modo tal que el negocio de prestar y de tomar crédito, de seguir endeudándose, puedan volver a lo "habitual". El estado benefactor para los ricos volvió a los salones de exposición, para lo cual se lo sacó de las dependencias de servicio a las que se había relegado temporalmente sus oficinas para evitar comparaciones envidiosas. Pero hay individuos que padecen las consecuencias de esta crisis de los que poco se habla. Los protagonistas visibles son los bancos, las empresas... Lo que se olvida alegremente (y de forma estúpida) en esa ocasión es que la naturaleza del sufrimiento humano está determinada por la forma en que las personas viven. El dolor que en la actualidad se lamenta, al igual que todo mal social, tiene profundas raíces en la forma de vida que aprendimos, en nuestro hábito de buscar crédito para el consumo. Vivir del crédito es algo adictivo, más que casi o todas las drogas, y sin duda más adictivo que otros tranquilizantes que se ofrecen, y décadas de generoso suministro de una droga no pueden sino derivar en shock y conmoción cuando la provisión se detiene o disminuye. Ahora nos proponen la salida aparentemente fácil del shock que padecen tanto los drogadictos como los vendedores de drogas: la reanudación del suministro de drogas. Hasta ahora no hay muchos indicios de que nos estemos acercando a las raíces del problema. En el momento en que se lo detuvo ya al borde del precipicio mediante la inyección de "dinero de los contribuyentes", el banco TSB Lloyds empezó a presionar al Tesoro para que destinara parte del paquete de ahorro a los dividendos de los accionistas. A pesar de la indignación oficial, el banco procedió impasible a pagar bonificaciones cuyo monto obsceno llevó al desastre a los bancos y sus clientes. Por más impresionantes que sean las medidas que los gobiernos ya tomaron, planificaron o anunciaron, todas apuntan a "recapitalizar" los bancos y permitirles volver a la "actividad normal": en otras palabras, a la actividad que fue la principal responsable de la crisis actual. Si los deudores no pudieron pagar los intereses de la orgía de consumo que el banco inspiró y alentó, tal vez se los pueda inducir/obligar a hacerlo por medio de impuestos pagados al estado. Todavía no empezamos a pensar con seriedad en la sustentabilidad de nuestra sociedad de consumo y crédito. La "vuelta a la normalidad" anuncia una vuelta a las vías malas y siempre peligrosas. De todo modos todavía no llegamos al punto en que no hay vuelta atrás; aún hay tiempo (poco) de reflexionar y cambiar de camino; todavía podemos convertir el shock y la conmoción en algo beneficioso para nosotros y para nuestros hijos.
Traduccion: Joaquin Ibarburu

Bauman Básico
Poznan (Polonia), 1925. SociólogoLos análisis y conclusiones de Bauman sobre la globalización y sus consecuencias son referencias ineludibles para las ciencias sociales en muchos rincones del planeta como ocurre también en nuestro país. Recibió el Premio italiano Amalfi de sociología y ciencias sociales y el Theodor W. Adorno de la ciudad de Frankfurt. Es el creador del concepto de modernidad líquida en contraposición a la modernidad sólida. En esta última se mantenía la ilusión de que se iban a solucionar los problemas y que los iban a mantener inmutables. Al desaparecer la solidez, se impone la liquidez como metáfora de lo inasible y de lo que debe ser rectificado periódicamente. Escribió: Legisladores e intérpretes; La sociedad sitiada; Modernidad líquida; Vidas desperdiciadas; Vida líquida; Etica posmoderna.